Texto publicado en el Heraldo de Chihuahua, los lunes de cada quincena.
Lic. Carlos Alejandro Ordóñez Villegas
Se dice que todos deberíamos tener un médico de cabecera, un mecánico y un abogado. Por otro lado, lo que se encuentra olvidado en nuestra sociedad es tener a la mano un filósofo de cabecera. ¿Filósofo de cabecera? ¿Qué queremos decir con esto? Aunque parezca un juego, una parodia, o una imperante necesidad de un filósofo de dar a conocer su profesión, cuando mencionamos la necesidad de la filosofía, va más allá de la afirmación de un gremio que muy pocas personas conocen.
Un filósofo de cabecera es, en cierta forma, el tener una forma de vida determinada seamos conscientes de ella o no. Si no conocemos nuestra filosofía o no creemos poseer una, inconscientemente, de manos de lo cotidiano nos adherimos y seguimos la filosofía que se encuentra pre-programada en la sociedad, en otras palabras los prejuicios.
Los prejuicios son por un lado formas útiles de pensamiento, que nos ayudan la mayor parte de nuestra existencia para tomar decisiones, más o menos acertadas. Los pre-juicios son aquellos razonamientos previamente desarrollados para que la vida sea lo menos complicada posible.
Imaginemos una vida sin pre-juicios. Prácticamente sería difícil convivir entre nosotros, ya que estos regulan la mayor parte de nuestro comportamiento. El ceder el paso, saludar por las mañanas y decir buenos días, son prejuicios que permiten la convivencia. Pero los prejuicios solo sirven como fundamentos previos al juicio, al razonamiento, al pensar.
Los prejuicios permiten que nuestra forma de ver al mundo se adapte a las nuevas circunstancias que el actuar nos presenta, pero no son suficientes para vivir. Los antiguos sabios y los nuevos consultores filosóficos han descubierto que gran parte de las crisis interpersonales, sociales y políticas de nuestra sociedad se debe a que los pre-juicios han desplazado a los juicios.
Una vida sin juicio es una vida que se asimila a la locura. Decimos: “aquella persona perdió el juicio”. La sociedad actual, las personas y sus relaciones sociales parecen que cada vez se pierde el juicio. Entonces, ¿qué hacer?
Un consultor filosófico podría recomendar los siguientes pasos: Someta todo a examen, con todo nos referimos a todo aquello que inhiba la parte fundamental del desarrollo humano: el diálogo.
Si un prejuicio le da por sentado la imposibilidad de éste, estamos hablando de que este lo está haciendo perder la razón, y por consiguiente entre menos juiciosa sea una persona más difícil le será relacionarse con las personas.
Es así que podríamos concluir en esta ocasión que el juicio es el vehículo fundamental de la razón, misma que sólo se conoce a través de la comunicación entre personas. El diálogo es la fórmula más importante para mantener una buena condición filosófica.